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La identidad corporativa es un valor añadido de cualquier empresa, ¿no es lógico que la tecnología
que permita desarrollarla forme parte también de esta?
Cuántos manuales de imagen corporativa, que han supuesto importantes inversiones de recursos,
han sido diseñados sin tener en cuenta los programas que deberían aplicarlos, proponen la utilización
de fuentes exóticas o incluyen elementos gráficos imposibles de reproducir por nuestras impresoras.
Cuántos intentos por tratar de comunicar de una forma coherente no se han plasmado ni siquiera en
un diccionario o glosario accesible por los usuarios.
En los proyectos de identidad corporativa uno de los pasos que, inevitablemente, por ejemplo delimitan la libertad
creativa de nuestros diseñadores gráficos, debería ser un inventario de las aplicaciones y entornos en las
que ese “libro gordo” de normas debe ser aplicado.
Lo curioso de todo este asunto es que las aplicaciones más estándar del mercado permiten la aplicación de esas
normas en nuestro quehacer diario.
Para terminar, si un gran número de empresas ha desarrollado su actividad en un entorno de comunicación como
es Internet, ¿cómo puede ser que lo hayan realizado sin tener definida esa identidad corporativa? Y aún es más,
¿cómo existen empresas que invierten recursos en comunicación y después comunican de forma diferente en una
simple carta a los clientes o en su catálogo de productos o servicios?
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